Nos siguen pegando abajo
(Breve extracto de los diarios de Bartok)
"Ma, ma, ma... estoy yéndome" - éstas fueron las últimas palabras del hombre que se desintegró en el club del farolito azul.
El enigma trajo en jaque a todo el equipo del inspector Brizuelo, al menos durante los tres minutos y treinta y ocho segundos que les llevó darle la vuelta al caso. Era demasiado para ellos, sobre todo para la inspectora Elías, que era menor, y para el sargento Fuentes, que siempre había dado muestras de ser bastante normal.
El hombre había desaparecido como si se tratase de una luz apagándose. Era todo muy raro y nadie parecía saber por dónde empezar, y eso que durante la casi totalidad de esos tres minutos y treinta y ocho segundos, todos los presentes, menos los antes mencionados, dieron muestras de gran dedicación y fino instinto policial. Cualquier otro caso, por complejo que fuera, hubiese sido resuelto por esos hombres y mujeres en esos momentos. Esto quedo claro cuando incluso Sánchez se permitió articular una hipotética demostración de la existencia de Dios, cuya argumentación, breve pero ontológicamente diáfana, conmovió profundamente a los presentes, salvo, claro, a la menor y al normal, para quienes el estudio del ser nunca había despertado interés alguno. Huelga decir que fueron duramente recriminados por su falta de sensibilidad ontológica.
"Ma, ma, ma... estoy yéndome" - éstas fueron las últimas palabras del hombre que se desintegró en el club del farolito azul.
El enigma trajo en jaque a todo el equipo del inspector Brizuelo, al menos durante los tres minutos y treinta y ocho segundos que les llevó darle la vuelta al caso. Era demasiado para ellos, sobre todo para la inspectora Elías, que era menor, y para el sargento Fuentes, que siempre había dado muestras de ser bastante normal.
El hombre había desaparecido como si se tratase de una luz apagándose. Era todo muy raro y nadie parecía saber por dónde empezar, y eso que durante la casi totalidad de esos tres minutos y treinta y ocho segundos, todos los presentes, menos los antes mencionados, dieron muestras de gran dedicación y fino instinto policial. Cualquier otro caso, por complejo que fuera, hubiese sido resuelto por esos hombres y mujeres en esos momentos. Esto quedo claro cuando incluso Sánchez se permitió articular una hipotética demostración de la existencia de Dios, cuya argumentación, breve pero ontológicamente diáfana, conmovió profundamente a los presentes, salvo, claro, a la menor y al normal, para quienes el estudio del ser nunca había despertado interés alguno. Huelga decir que fueron duramente recriminados por su falta de sensibilidad ontológica.
Todo esto ocurría mientras hacían un breve descanso en esos agotadores tres minutos y treinta y ocho segundos en los que hubiesen podido resolver cualquier caso, cualquiera menos el del hombre que se desintegró en el club del farolito azul. De nada sirvió la llamada de Mestre desde el lugar de los hechos, en la que decía no sé que de unas pastillas y unos hombres de gris.
Hay que ser sincero y confesar que el grupo del inspector ignoraba muchos datos, lo que resultaba lógico teniendo en cuenta de que sólo disponían de tres minutos y treinta y ocho segundos, los cuales no iban a malgastar acercándose hasta el lugar de los hechos, donde un hombre se apagó como se apagan las luces de las habitaciones de los niños que no le temen a la oscuridad.
Sin embargo los hombres y mujeres que se hallaban reunidos en aquel lúgubre despacho de la comisaría nº 12 del barrio de Jesús María, poseían algo infinitamente más importante que unas estúpidas pistas: tenían un fino instinto policial, complementado por un estructurado método deductivo, en el que se entremezclaban los hallazgos más brillantes del racionalismo cartesiano con los postulados de Fromm respecto a la conducta social... y mucha, pero que mucha, dedicación; salvo, por supuesto, Elías y Fuentes, que rara vez superaban el umbral de su inconfundible interés desinteresado.
Ni siquiera la llegada de la muchacha de la sanguchería de la esquina con las viandas solicitadas dos minutos antes, supuso una merma en el rendimiento de aquellos hombres y mujeres, que comieron, sí, pero entre bocado y bocado hallaban tiempo para seguir reflexionando. Incluso el viejo inspector Brizuelo intento esbozar su mantra de los momentos difíciles, pero la salsa huacatay mezclada con frijoles negros que se desparramaba entre sus dedos grasientos, restaron hondura a su argucia.
Hubiese dado igual: con mantra o sin mantra, no había forma de enfocar aquel extraño caso del hombre desintegrado en club del farolito azul.
Tras veiniséis segundos de silencio general, que muchos aprovecharon para el cafe y las cremoladas, volvió a llamar Mestre. Esta vez se refirió a un hombre que se desmayaba en ese preciso instante. ¡Zas! , el inspector Brizuelo se incorporó de un brinco y cogió el telefono. Todos se sobresaltaron, salvo claro los de siempre que no solían sobresaltarse por nada.
"Ya está, lo sabe"- pensó el alférez Gutiérrez, que aunque era alférez conocía al inspector como el que más. "Lo sabe" - volvió a pensar tras pensarlo una segunda vez - y mientras pensaba el inspector había colgado el teléfono y salía de la lúgubre habitación apresuradamente. Gutiérrez, que no se había enterado por estar pensando, preguntó a uno de los muchachos por lo que había pasado. Tras una brevísima pausa para la selección y organización del recuerdo, su compañero le explicó que el inspector le pidió a su interlocutor que se tendiera en el suelo y le dijera si desde esa posición los podía ver locos de placer alejándose. Segundos después colgó el teléfono y salió corriendo.
"Maldito Descartes"... El alférez Guitiérrez se sintió muy mal: siempre se perdía las cosas importantes por su maldita manía de pensar sobre las cosas importantes.
Hay que ser sincero y confesar que el grupo del inspector ignoraba muchos datos, lo que resultaba lógico teniendo en cuenta de que sólo disponían de tres minutos y treinta y ocho segundos, los cuales no iban a malgastar acercándose hasta el lugar de los hechos, donde un hombre se apagó como se apagan las luces de las habitaciones de los niños que no le temen a la oscuridad.
Sin embargo los hombres y mujeres que se hallaban reunidos en aquel lúgubre despacho de la comisaría nº 12 del barrio de Jesús María, poseían algo infinitamente más importante que unas estúpidas pistas: tenían un fino instinto policial, complementado por un estructurado método deductivo, en el que se entremezclaban los hallazgos más brillantes del racionalismo cartesiano con los postulados de Fromm respecto a la conducta social... y mucha, pero que mucha, dedicación; salvo, por supuesto, Elías y Fuentes, que rara vez superaban el umbral de su inconfundible interés desinteresado.
Ni siquiera la llegada de la muchacha de la sanguchería de la esquina con las viandas solicitadas dos minutos antes, supuso una merma en el rendimiento de aquellos hombres y mujeres, que comieron, sí, pero entre bocado y bocado hallaban tiempo para seguir reflexionando. Incluso el viejo inspector Brizuelo intento esbozar su mantra de los momentos difíciles, pero la salsa huacatay mezclada con frijoles negros que se desparramaba entre sus dedos grasientos, restaron hondura a su argucia.
Hubiese dado igual: con mantra o sin mantra, no había forma de enfocar aquel extraño caso del hombre desintegrado en club del farolito azul.
Tras veiniséis segundos de silencio general, que muchos aprovecharon para el cafe y las cremoladas, volvió a llamar Mestre. Esta vez se refirió a un hombre que se desmayaba en ese preciso instante. ¡Zas! , el inspector Brizuelo se incorporó de un brinco y cogió el telefono. Todos se sobresaltaron, salvo claro los de siempre que no solían sobresaltarse por nada.
"Ya está, lo sabe"- pensó el alférez Gutiérrez, que aunque era alférez conocía al inspector como el que más. "Lo sabe" - volvió a pensar tras pensarlo una segunda vez - y mientras pensaba el inspector había colgado el teléfono y salía de la lúgubre habitación apresuradamente. Gutiérrez, que no se había enterado por estar pensando, preguntó a uno de los muchachos por lo que había pasado. Tras una brevísima pausa para la selección y organización del recuerdo, su compañero le explicó que el inspector le pidió a su interlocutor que se tendiera en el suelo y le dijera si desde esa posición los podía ver locos de placer alejándose. Segundos después colgó el teléfono y salió corriendo.
"Maldito Descartes"... El alférez Guitiérrez se sintió muy mal: siempre se perdía las cosas importantes por su maldita manía de pensar sobre las cosas importantes.
En ese trance se hallaba el bueno del alférez, jurándose a sí mismo no volver a pensar, cuando volvió el inspector. Dentro del despacho, se dirigió hacia el tocadiscos y muy despacio. Con un movimiento más propio de un cirujano que de un viejo inspector de policía con la barba teñida de salsa huacatay y frijoles negros, levantó la aguja y con suma precisión la retrasó dos centímetros y doce milímetros, para luego volver a dejarla caer.
"Ma, ma, ma... estoy yéndome" - estas fueron las últimas palabras del hombre que se desintegró en el club del farolito azul.
"Ahora tenemos tres minutos y treinta y ocho segundos más" - dijó tranquilamente el inspector Brizuelo ante el aplauso general de los hombres y mujeres que se hallaban en el lúgubre despacho de la comisaría nº 12 de Pueblo libre, salvo claro el normal y la menor, que fueron enviados, por su displicencia, a pedir unos tacos a la sanguchería de la esquina. "Para mí un mixto con huacatay" - les ordenó el inspector cuando estaban saliendo. Al minuto llamó Mestre diciendo no sé que de unas pastillas y unos hombres de gris.
"Ma, ma, ma... estoy yéndome" - estas fueron las últimas palabras del hombre que se desintegró en el club del farolito azul.
"Ahora tenemos tres minutos y treinta y ocho segundos más" - dijó tranquilamente el inspector Brizuelo ante el aplauso general de los hombres y mujeres que se hallaban en el lúgubre despacho de la comisaría nº 12 de Pueblo libre, salvo claro el normal y la menor, que fueron enviados, por su displicencia, a pedir unos tacos a la sanguchería de la esquina. "Para mí un mixto con huacatay" - les ordenó el inspector cuando estaban saliendo. Al minuto llamó Mestre diciendo no sé que de unas pastillas y unos hombres de gris.
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